“El Emperador”: un poema compuesto por un coro de voces

31 05 2010

Agnieszka Flisek y Rubén Darío Torres durante la primera jornada del II Seminario Ryszard Kapuscinski./ Pablo Gracia

La Universidad Miguel Hernández de Elche acogió el pasado 5 de mayo la segunda edición del Seminario Internacional Ryszard Kapuscinski. En él intervinieron diferentes especialistas de universidades españolas y polacas para analizar El Emperador, obra publicada por el periodista polaco en 1978 y ambientada en los convulsos años 70 que atravesó Etiopía. Durante la presentación del seminario, José Luis González Esteban, profesor de Periodismo en la UMH, y Santiago Fernández Ardanaz, vicedecano de esta titulación, destacaron la necesidad de que la profesionalidad de Kapuscinski sirva de ejemplo al periodismo actual.  

Agnieszka Flisek, profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Varsovia y secretaria de Kapuscinski entre 2003 y 2007, el sociólogo, politólogo y profesor de la UNED de Madrid, Rubén Darío Torres, y Agustín Vico, redactor del diario El Día, abordaron la perspectiva socio-política y literaria de El Emperador. El cariño de Agnieszka hacia Kapuscinski era palpable en cada una de las palabras que empleaba para analizar exhaustivamente su obra. “Cada vez que llegaba a su casa me preguntaba qué tal me había ido en la universidad”, recordaba la filóloga. Flisek considera que El Emperador no es un simple reportaje, sino que “recuerda más a un poema compuesto por un coro de voces”. 

 

Agnieszka también reveló que antes de componer la obra, Kapuscinski sufrió el síndrome de la página en blanco y que estuvo al borde de una depresión como consecuencia de su experiencia como reportero en países que atravesaban golpes militares. “Kapuscinski tuvo la fuerte sensación de la eterna repetición; vio en muchas ocasiones las esperanzas puestas en la revolución y las posteriores desilusiones. No tenía ganas de repetirse y empezó a buscar un nuevo estilo de escribir”, afirmó la polaca. Kapuscinski, revisando las fotos de Selassie, el Emperador de Etiopía, encontró una en la que salía con un perro sentado en sus rodillas, Lulú. La idea de que un perro disfrutara de mejor posición que la mayoría de etíopes y dignatarios le proporcionó el hilo argumental y constituyó el inicio del movimiento narrativo.

La docente de la Universidad de Varsovia afirmó que “Kapuscinski deseaba que su obra tuviese una dimensión más universal; que fuera un libro sobre los mecanismos del poder dictatorial y sobre el modo en el que los individuos participaban en ese poder; cómo los desvirtúa, deforma y deprava”. Asimismo, Agnieszka retrató al dictador etíope: “dictaba leyes con voz inaudible, apreciaba más la lealtad que la inteligencia, disfrazaba la miseria con fanáticos proyectos modernizadores, en lugar de pagar sueldo dispensaba limosna…”.

 Por su parte, Rubén Darío Torres se centró en la dimensión política de la obra. El sociólogo relacionó el planteamiento de Kapuscinski con las teorías de Bertold Bretch: “Él contaba historias que afectaban a su tiempo, situándolas en otra esfera, en otro tiempo y espacio. Pero esas historias tenían un significado histórico y social muy vigente en la realidad. El Emperador provoca que uno se plantee la diferencia entre los recursos que utilizaba el dictador y los que puede utilizar cualquier presidente, incluso dentro de un sistema democrático, como por ejemplo Berlusconi en Italia”. Por ello, Darío opinó que “lo que muestra El Emperador es extrapolable a cualquier ámbito de la historia política” y, además, aseguró que Kapuscinski sugiere en muchos pasajes de su obra que Occidente fue en parte responsable en el acceso de Selassie al poder. “Para los occidentales, Selassie era un mal menor; tenía determinados signos, dentro de su arcaísmo, de progresismo y modernización, como por ejemplo sustituir el linchamiento popular por el fusilamiento o la amputación de brazos y piernas por el ahorcamiento”. 

Agustín Vico y José Luis González durante el seminario./ Pablo Gracia

Agustín Vico fue el último ponente de la primera jornada del seminario. Al igual que Kapuscinski, el redactor jefe del diario El Día fue corresponsal en el pasado. El periodista considera que Kapuscinski “tiene el olfato y la osadía de ir allá donde otros no queremos o no nos atrevemos a ir”. “Esta profesión es tan jodida que sólo de vez en cuando, ante la mucha basura y las incontables naderías que no le interesan a nadie y se publican todos los días, encuentras una historia que merezca la pena, como El Emperador”. 


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