Un tratado sobre la corrupción vigente y extrapolable

31 05 2010

Haile Selassie

Ryszard Kapuscinski publicó en 1978 El Emperador, obra resultado de su experiencia como reportero en Addis Abeba en 1974. Allí, en la capital etíope, la vida de la corte de Haile Selassie le fascinó de tal manera que desestimó centrar su reportaje en el análisis político de la conquista del poder por parte de los revolucionarios del Dreg.

No se trata de un simple reportaje en el que Kapuscinski ordena los hechos sobre la lógica causal; es un reportaje que recuerda a “un poema compuesto por un coro de voces, una suerte de lamentación por la monarquía caída”, como afirmaba la filóloga Agnieszka Flisek en el II Seminario Internacional de Ryszard Kapuscinski. Aunque el periodista polaco titulara su obra El Emperador, los verdaderos protagonistas del libro son los súbditos que componen la corte, los que veneran a su Inigualable Señor, las voces desprovistas de envoltura corporal y cuyas únicas señas de identidad son esas siglas que corresponden a sus apellidos. En esta obra, el autor difumina su protagonismo y confiere el relato a sus interlocutores, a los cortesanos que encuentra en rincones oscuros, en la nada a la que la mano castigadora de la revolución les ha sepultado.

Ryszard Kapuscinski

La peculiaridad de El Emperador con respecto a otras obras de Kapuscinski reside en su sentido parabólico. En todos sus libros, el maestro del reportaje demuestra una gran capacidad para dramatizar la realidad a través de una adecuada selección y exposición de datos verificables y extraídos directamente de la vida cotidiana. Además, como apuntó Flisek, la base de su poética es el detalle plástico, que suele adquirir el valor de símbolo sin perder realismo. Así, en La guerra del fútbol o El Imperio, Kapuscinski recurría a frases cortas, precisas, cristalinas, sonoras, sintéticas y de una gravedad bíblica. Sin embargo, el coro de voces cortesanas a las que el periodista polaco cede el protagonismo en El Emperador adquiere un estilo barroco, rimbombante y patético; adjetivos acordes con funciones tales como secar los orines del perro del Emperador.

El libro está dividido en tres partes: El trono, Ya llega, ya llega y El desmoronamiento. A medida que se acerca la caída del Imperio, “el lenguaje se va enroscando en un intento de detener el tiempo”, como indicaba Agnieszka. Los súbditos de Selassie temen la desaparición de su sistema y en este punto quedan reflejadas la profunda anulación y sumisión a la que el ser humano puede llegar.

El gran poder que los medios masivos de comunicación pueden llegar a adquirir queda patente en el momento en que los militares los utilizan para difundir entre los etíopes los errores cometidos por  Selassie, que se vio obligado a abandonar la corte. La miseria a la que el último emperador de Etiopía sometió a su pueblo es imperdonable, pero suscitó y sigue siendo capaz de suscitar interés.

El Emperador no constituye una denuncia a un vil dictador que recuerda a Luis XIV, sino a una cortesanía `ideal´ que no ha dejado de existir y que mantiene regímenes dictatoriales. Kapuscinski disecciona la anatomía del poder y sugiere que la dominación es una condición innata de la naturaleza humana. El Emperador es un tratado sobre la corrupción política vigente y lo que en él se denuncia es extrapolable a cualquier contexto histórico y a cualquier tipo de sociedad.


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